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Our
Lord Jesus Christ the King
SAVE YOURSELF
The attitude of "looking out for number one" reigns supreme in many
parts of our society, even in parts of our Church. That attitude
informs the Gospel passage today, as we hear three times the
challenge made to Jesus to "save himself" from his awful,
humiliating death on the cross. The rulers of his own people sneer
at him, the soldiers jeer at him, one of the criminals crucified
with him reviles him; all treat him with scorn at his refusal or
inability to "look out for number one," to save himself. But if
there is any doubt about the ability of Jesus to save, it is erased
in his words to the other criminal: "Today you will be with me in
Paradise" (Luke 23:43). If there is disbelief about the cross being
the source of all salvation, reconciliation, and peace, it is
eradicated in the Letter to the Colossians. Christ, in whom the
fullness of all things dwells, the firstborn of all creation, is
also the firstborn from the dead, and it is the blood of his cross
that flows with the eternal life of heaven.
SAVE US
In Roman crucifixion, crosses had little plank seats upon which the
bodies of the crucified were propped. Their bodies, growing heavy
with weakening and dying, would likely fall off without this seat.
This seat, propping up the body of Jesus as it gasped for its final
breaths, is the royal seat of our Savior and King. For us, he sat
upon that most horrid throne. Like us, Jesus would agree that you
have to look out for "number one." The difference is that at the
words "number one" he wouldn't jab a jaunty thumb at his own chest.
He'd extend a loving embrace between earth and heaven for each of
us, the children of earth, the little ones in whom his own face
shines. The rulers, the soldiers, one of the criminals, all were
skeptical about the saving power of our King, because he would
not--and they presumed could not--save himself. What this King shows
all of us is that God's power is to save us, to remember us in his
kingdom, to take us with him to the light of Paradise.
Today's Readings: 2 Samuel 5:1-3; Psalm 122:1-5; Colossians 1:12-20;
Luke 23:35-43 Copyright (c) 2006, World Library Publications. All
rights reserved.
Nuestro
Señor Jesucristo, Rey del Universo
SÁLVATE A TI MISMO
La actitud de "primero yo, después yo y siempre yo" reina en muchos
sectores de nuestra sociedad, y aun en muchos sectores de la Iglesia.
Esa actitud es también la de muchos de los personajes en el
Evangelio de hoy, donde tres veces oímos que desafían a Cristo a que
se salve a sí mismo de la horrorosa y humillante muerte de cruz. Los
líderes políticos y religiosos de su propio pueblo desprecian a
Jesús, los soldados se burlan de Él, uno de los ladrones
crucificados con Él lo insulta y todos lo desdeñan por negarse o no
ser capaz de salvarse a sí mismo. Pero si teníamos alguna duda sobre
la capacidad de Jesús para salvar, esa duda queda borrada por las
palabras que Jesús dirige a uno de los supuestos criminales que
están a su lado: "Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso" (Lucas
23:43). Y si nuestra fe en la cruz como fuente de salvación,
reconciliación y paz llegara a flaquear, esa flaqueza quedaría
irradicada en la carta a los Colosenses. Cristo, en quien se
encuentra la plenitud de todas las cosas y el primogénito de la
creación, es también el primogénito de entre los muertos, y la
sangre que derramó en la cruz nos ganó la vida eterna del cielo.
¡SÁLVANOS!
En las crucifixiones romanas, las cruces tenían una especia de
asiento o tabla sobre los cuales se apoyaba el cuerpo de los
crucificados. Sin este asiento se hubieran caído de las cruces al
aumentar el peso del cuerpo por irse debilitando en el proceso de
morir. Este asiento, que le sirvió de apoyo al cuerpo de Jesús al
exhalar el último suspiro, fue el trono real de nuestro Salvador y
Rey. Por nosotros Él se sentó en ese trono tan horrendo. Jesús
hubiera estado de acuerdo con nosotros en que hay que preocuparse
ante todo por el "yo", por uno mismo. Pero, a diferencia de nosotros,
Jesús no hubiera apuntado con el dedo a su propio pecho al
pronunciar ese "yo", sino que hubiera abierto los brazos entre el
cielo y la tierra, como en realidad lo hizo, para abarcarnos a todos
y a cada uno; a los hijos e hijas de la tierra, a los pequeños
hermanos y hermanas en quienes brilla el reflejo de su faz. Los
líderes del pueblo, los soldados y el mal ladrón, todos miraban con
cinismo el poder de nuestro Rey para salvar, porque Él no quería
salvarse a sí mismo; pero ellos suponían que no podía hacerlo. Lo
que este Rey nos demuestra es que el poder de Dios es para salvarnos
a nosotros, para acordarse de nosotros en su reino, y para llevarnos
consigo a la luz del paraíso. Lecturas de hoy: 2 Samuel 5:1-3; Salmo
122:1-5; Colosenses 1:12-20; Lucas 23:35-43 Copyright (c) 2006,
World Library Publications. All rights reserved.